Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

mayo 15, 2008

Cosas tontas

Entotoroto al Antídoto que vamos a la embajada que es cine chileno, que esta es de las vivencias de los hijos de los exiliados, que cada cuánto ves una película donde hablen de gente como vos, que vamos, que estoquelootro.

Y vamos. Y vemos la peli. Y uno de los exiliados, hablando como quien cuenta lo que vio en la feria el sábado dice en medio documental, al hablar sobre lo que él le ha dicho a sus hijos:

“ Yo les conté todo, porque a mí me hicieron cosas, lo típico, los milicos: me pusieron electricidad, me sacaron la cresta, me golpearon, me tuvieron vendado, me amenazaron, me decían que me iban a matar, me hundieron en agua, me tuvieron colgado, me mataron un hermano, a mis viejos. Cosas, así, lo usual, cosas tontas. Pero otros compañeros vivieron cosas, terribles, experiencias que… experiencias que yo no sabría cómo hablarlas con mis hijos”

Y de nuevo el silencio. Ya van 33 años. 33. Y el silencio.

Del martes pasado en 15 vamos de nuevo.

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Framed

Cuando llegué, me encontré a Pelusa llorando en una esquina. Llora calladito, y se le llenan de lágrimas sus ojos rasgados. A Pelusa le puse yo, Pelusa. Ella me dice a mí Zapatos Rojos, en su forma enredada que tiene al hablar. Mi pelusa tiene síndrome de down y lloraba en una esquina.

Cuando me vio, me abrazó con fuerza, su naricita de botón apretada a mi cintura y lloraba, sin decirme porqué o que le había pasado. Reconstruí la historia con cuentos a medias de chismosos y testigos.

Sara, un adulto como yo, trajo a su sobrinito de visita al kinder. El sobrino tiene casi dos años y a pesar de la edad, se ha perfeccionando como un insolente. Anda cargando un muñeco de peluche al que le dice Yiyi. Yiyi se huele a cien metros de distancia. Sucio, babiado, descolorido, roto en una esquina, tuerto de un ojo, comparte la cuna del sobrino, lo acompaña a todas partes, come antes que el niño y en general, se ha acreditado el lugar del favorito de la casa. A Yiyi nadie se atreve a tocarlo y no es solo por el asco. Para poder lavarlo, se arma una operación clandestina para secuestrarlo, mojarlo, enjabonarlo y secarlo, todo eso en la madrugada.

Mi Pelusa, simpática y querendona, le asignaron perseguir al sobrinito por todas partes y asegurarse que no se fuera a caer. Quién sabe por dónde lo anduvo, qué canciones le cantó, qué cosas le enseñó, o cómo lo entretuvo. La cosa es que al irse el sobrino, Yiyi había desparecido de sus brazos.

Ahí comenzó todo. Sara acusó a mi Pelusa de la desapareición y trató de hacerla confesar de mil maneras: por favor, te lo advierto, digame ya que el chiquito está llorando… así hasta el hostigamiento.

Pelusa negó todo. Es más, identificó un culpable: Se lo comió Zuzú, es decir, Fuser, mi perro.

Registraron el patio. No habría rastro de Yiyi, ni siquiera un trapito mordisqueado. Entonces la Pelusa pasó de nuevo al banquillo. Se desesperó buscando a quien echarle la culpa.

- Papi se lo llevó en una bolsa. (Papi tiene 81 años, parkinson, y no creo que recuerde qué es un peluche

- Que llamen a Coqui (uno de los trabajadores de mantenimiento del kinder. Lo llamaron y nada, obvio)

- Fue Henry! (su archienemigo de siempre, que ostenta la condición por ser liguista)

Cada excusa parecía confirmar la culpabilidad de mi Pelusa, que tiene antecedentes de malquerer a Sara y siempre le hace trastadas, como esconderle el pedazo de pizza, vaciarle el locker, decirle liguista o groserías similares. El sobrino pedía a gritos esmorecidos su Yiyi y llegaron la mamá, el papá, la abuela y una tía, con focos, a buscar el muñeco del mocoso, todos con lágrimas en los ojos, desesperados por el dolor del insolente.

Pelusa, viendo la cosa cada vez más compleja, buscó a su hermano mayor, que siempre la ha protegido y le pidió: “Llamen a papatos rojos – yo- para que me defienda”.

Al final el comité de búsqueda se retiró sin haber encontrado a Yiyi. Se presagiaba noche de tormenta con un niño lloroso que no podría dormir sin su compañero. Mi Pelusa, entre tanto, tiembla de miedo.

Consolé a Pelusa y le dije que yo sabía que el responsable era Fuser. Lo regañé muy fuerte y lo amenacé con pelarlo coco, enfrente de ella, como castigo de haberse comido al Yiyi. Le advertí a los chiquillos del kinder que dejaran en paz a Pelusa que ya estaba claro quién era el culpable. A Sara le aclaré, cerrándole un ojo, que fue Fuser, Fuser y solo Fuser el delincuente y que la Pelusa nada tenía que ver en el asunto.

En su casa, Pelusa es culpable hasta que se demuestre lo contrario y la castigan. Yo sé lo que es eso. Yo crecí en un lugar así, donde saberse inocente no es ningún consuelo, y la certeza del golpe depende de un capricho. Cada quien vela por cada uno. El miedo te marca. Siempre.

Ya, Pelusita. No les hagás caso. Yo te defiendo.”


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mayo 07, 2008

No voy. Me llevan. Parte I.

En media reunión, el cliente me dice que si voy con ellos a Mayami. Digo que diay, que si me necesitan, sí. Dos minutos después tengo boleto, hotel, impuestos pagos y recomendación de no llevar líquidos en el equipaje de mano.

El cliente, que tiene antecedentes de interrumpir reuniones con abogados hot shot para irnos todos en el carro alquilado de shopin', me ofrece irme en el vuelo de la mañana, más temprano, sola, eso sí, para aprovechar y desplumar mi billetera en la colección de verano o en un K-mart.

Rechazo el ofrecimiento por aquello que en el aeropuerto me confundan con el señor Fiscal General de la República de Costa Rica, a pesar de las diferencias obvias (no solo de estatura) y me detengan, digo retengan injustificadamente. Ante semejante cosa, al menos en grupo, puede que alguien me llame a la cordura y evite que haga yo una escena.

No es el único rechazo.

El cliente ofrece compartir su habitación en caso que no haya reservación por hacerlo todo a la carrera. Observo y callo. Todo pareciera indicar que es un Patán wannabe, picado porque cree que me las sé de todas, todas. Ya me encargaré de dejarle saber que Papi es Papi y que como Dios, solo hay uno: el verdadero.

Aclaro que no es que me crea un culazo, ni mucho menos. Reconozco que por unas librillas adicionales, me descubrí ayer en el espejo un traste digno del Tropicana, pero eso es otro cuento. A lo que estaba: Es que, al parecer, hay gente que como el Patán, reacciona en automático. La pulsean con cualquier cosa que use enaguas y si pegan, pues ahí ven si apechugan o si salen huyendo.

Voy y vengo al día siguiente, encerrada en reuniones. Mimí diría que lo cuento por ridícula y fachenta y le explicaría al público imaginario que pareciera que me hubieran parido en un avión a juzgar por mi contentera por cualquier mierda de estas.

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mayo 05, 2008

E.S.I: Estímulo sexual INHIBITORIO

Esta joyita la coseché de uno de los esqueches de "De 5 a 7", de escucha obligada en las presas de Escazú a San Pedro:

"Así me gusta mamita: flojita y colaborando"

A mí un lance, una pareja o un ginecólogo me dice algo así, ¡me levanto, agarro mis calzonillos y voy jalando!

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mayo 02, 2008

El patán: 3 casos de estudio

CASO UNO

Tengo una reunión. Es un cliente nuevo, no conozco sus oficinas. La secretaria me dice “Frente al Motel El Cielo” y me cuelga. Me deja en las mismas. Me da color llamar a preguntar la dirección de nuevo y me pregunto quién podrá ayudarme:

(555-5555) Nótese los 7 dígitos

“El ICE le informa que antes de cada teléfono fijo debe colocar un 2….”

(2-555-55-55)

- Aló…(con tono de estoy haciendo mil cosas pero contesto porque sé que sos vos)

- Don Cosito? Es Sole. Tiene un segundo? Es que ando manejando y estoy perdida porque tengo en 10 minutos una reunión y la dirección que tengo es frente al Motel El Cielo y no sé a quién preguntarle.

- Cómo? Venime, seguro que no sabés dónde es. Me vas a decir que nunca has ido? Antro porqué, si más bien esos lugares resultan una solución inteligente para mucha gente, ah? Nada de antro tienen. Más bien hay que estar muy agradecido con el mae que inventó esas varas. Sí, además de que ese mae debe estar podrido en plata el hijueputa. Ve, te vas para donde quedaba antes mi oficina de antes y de ahí….
____

CASO DOS

Lo llevo a una reunión a la Embajada de Chile. Milagrosamente llega temprano. Entramos juntos después de fumarse el eterno cigarro. Yo de primera. El, como Pedro por su casa, deja el portón macizo, forrado en cobre, abierto. Yo, que me vuelvo a ver si viene detrás de mí o si se quedó pajareando, le digo siseado (como lo regañaban a uno en misa)

- Ce-rrá la puer-ta! Tenés cola o qué te pasa?

Se detiene sorprendido y mira hacia atrás. Entonces, en voz alta, se queja:

- Puta, manda huevo que no tengan un brazo mecánico en esa puerta! Si no valen ni mierda. Chingo de seguridá! Ves? Por eso, por pobres, es que los van a volver a matar a todos el día que el tombo de afuera se ponga lucas…

Para la habladera cuando me le acerco y de forma amenazadora le digo que es un grosero y un imprudente y que cómo se le ocurre decir esas cosas.

- Ah? Qué? Estos maes no tienen sentido del humor? Por cierto, aquí saben que vos sos allendista?
___

CASO TRES

En mi intento por hacer de él una mejor persona, y apelando a sus ancestros italianos, le mando este videito. Tal vez, me digo, tal vez, le toque alguna cuerda de sensibilidad enterrada hace mucho tiempo.



Luego lo comentamos por teléfono. Más o menos como una sesión terapéutica.

- Lo que más me impresiona- me dice, en su opinión experta- es el factor sorpresa.

- ¿Qué factor sorpresa de qué cosa? ¿Vimos el mismo video?

- Sí, Sí, el del gordito cantando. Si uno lo escuchara en un disco, pierde toda la gracia. Sería un mae más que canta ópera. Pero ya, viéndolo, con esa cara de idiota, uno nunca se espera que cante así. Eso es lo que impacta.

Tengo que reconocer que es un ángulo que yo no había contemplado.

- Claro- le digo- Sería como si en una reunión vos te acercaras a decirme algo y en lugar de comerte a alguien o decirme alguna barbaridad, me dijeras “me gusta cuando callas porque estás como ausente”. Me queda clarísimo.


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abril 29, 2008

El libro de la vida

Cuando David Salomon se bajó del barco, no quiso irse con los demás para San José. No tenía ni primos ni amigos que lo estuvieran esperando. En el campo de personas desplazadas, los médicos le habían dicho que tenía que olvidarse de todo, empezar de nuevo. Por eso no quiso ir a Palestina. Por eso había atravesado el mar. Por eso se iría aun más lejos.

En Guanacaste, David se forjó a golpes y se hizo finquero. De la Europa que dejó en ruinas, solo quedaba el incendio azul de sus ojos. El sombrero le tapaba el pelo rubio primero y después la calva. El sol y los años lo curtieron y dejó de ser blanco.

No se perdía serenata, pleito o turno. Tocaba la guitarra y cantaba boleros. Sabía montar y usar la cruceta. El Macho era dicharrachero, vacilón, valiente, leal, bailador y apuntado. Se enamoró de una morena maciza y se casó con ella. Nunca más volvió a usar su idioma materno, ni siquiera para el recuerdo. Se le escurría, muy de vez en cuando, una r arrastrada y extranjera, una gramática invertida, un género equivocado.

Eso sí, quitado para la Iglesia y para la gente vina. “Macho y vos qué?De Europa. A Limón fue que llegué”. De ahí en adelante, solo Guanacaste.

David sabe que no es eterno, pero ya de viejo, espera con calma. Le perdió el miedo a la muerte desde el 10 de agosto de 1944, cuando en el andén 17 de la estación de Grunewald, en Berlín, lo deportaron en un vagón de ganado a Auschwitz. Ahí vio la muerte todos los días.

La vio, por ejemplo, cuando murió de hambre, de tristeza, de dolor, de cansancio- da lo mismo - el hombre con que compartía la tabla de dormir en la barraca. Lo reportaría después, para comerse su sopa.

Leyeron su nombre en la lista de ese día: “Abraham Erich Münzer”. Supo entonces Dios había decidido acabar con su sufrimiento. De Dios y de los nazis no había escapatoria. Moriría y su cuerpo sería cenizas.

Herr Kapo, Erich Münzer ist tot” dijo, señalando el cadáver macilento de su compañero.

Sobrevivió. Supo que tenía que irse muy lejos, donde nadie supiera su secreto: En su desesperación, Erich Münzer, había cometido el pecado egoísta de robar el nombre de un hombre muerto: David Salomon.

Cuando Dios lo encontrara, lo reclamaría. No más el Macho, don David, el polaco. Sería Erich de nuevo y así se cumpliría, 60 años después, lo que Dios había escrito en el libro de la vida.

Nota de Sole: Esta historia es verídica, salvo los nombres. Me la contó el sobrino de Erich/David, que fue el único que supo el secreto.

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abril 28, 2008

Let's take a walk on the cat side

Llevaba como unos 25 años de no ir a fiestas infantiles. Hice maromas para sustituir clases, cancelar compromisos, evitar enredos y me preparé tanto, que se me olvidó comprar el regalo. Bucear una tienda abierta en Escazú a las 10 de la mañana, me permitió llegar fashionably late.

Este lugar no tenía piscinita de espuma vieja y amarillenta, pero tenía inflables aptos para adultos. No hay un carrusel de caballitos, pero hay una pared miniatura para escaladores. Le hacen a uno de todo, desde la comida hasta la limpieza de desastres provocados por mucha azúcar y mucho brinco y el revolvimiento que va a parar en el suelo.

Después de atracarme unas 10 bolsas de palomitas, estaba ya harta de las canciones de prncess de Disney y de las mamás top end que asisten a estas fiestas con todo y empleada. Así que sin decirle nada a nadie, me fui a cuadrar en la sillita enana frente a la pinta caritas. Y quedé así:



Y así me fui para la UCR al festival Latinoamericano de Software Libre. Así me presentaron a compañeros y amigos del antídoto, así me presenté con un abogado de la Contraloría y discutimos animadamente de contratación pública. Así me senté a escuchar una charla y así saludé a los gritos a una antigua compañera de trabajo que me dijo “me costó un poco reconocerte, me entendés?”

Así me arrodillé ante un chiquito de cinco años, demasiado sorprendido, que me preguntó que si yo era un gato. Le dije que sí, pero que no le contara a nadie. Prometió guardarme el secreto. Así manejé por todo San Pedro, fui a comer al food court de Plaza del Sol y me pasié por el Automercado. de vez en cuando maullaba, eso sí, suavecito.

Ningún adulto se atrevió a decirme nada. Era evidente que llamaba la atención, ya no por alta sino por ese algo raro que me veían en la cara. Volvían a verme dos veces, así, como quien no quiere la cosa. Los niños estaban maravillados de ver un gato tan grande caminando como si nada y le jalaban las faldas a la mamá "vea mami, vea", señalándome al descaro y ellas los regañaban con ese “malacrianzalasuya! faltaderespetodejedeseñalaralagente”

Vi gente que reaccionaba con rabia al verme. Tuve unas pocas reacciones de burla. La mayoría, con un disgusto mal disimulado, mezclado con asombro y en algunos casos, hasta tristeza. Me imaginaba lo que pensaban: tan grandota y en esas, qué ridícula, qué inmadura, quién se cree o qué otra cosa. En los ojos de algunos hasta me pareció ver rencores, envidias, amargazones y penas ajenas. Nadie se reía de buena gana.

Es triste eso, pensar que hemos perdido la capacidad de reírnos, de hacer cosas vacilonas, de permitirnos el ridículo. De imaginarnos, de ilusionarnos. Si fuera más culta, diría que lo mío fue un performance de intervención social y explicaría todo con palabras complicadas como “construcción social”, “el aquí y el ahora” y Lacan y secuaces. Pero no. Fue solo una ocurrencia, no un estudio antropológico.

La única excepción fue una señora en la Casa de las Revistas. Se vino corriendo a la par mía y me tocó suavecito el brazo y me dijo “Dejame verte…me encanta tu maquillaje, te ves lindísima” y, por fin, alguien, esta señora, con su bolsa de compra y Vanidades en la mano, sonreía.

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marzo 28, 2008

La rabia

5:58 am Voy a la Coca Cola a recoger unos muchachos que nos están haciendo una construcción en el kinder. Tengo que esperarlos 10 minutos. Un indigente revisa el basurero, y luego, con el mismo interés, ronda cinco veces mi carro, mirando hacia adentro. Cinco. Se marcha cuando algo brillante le llama la atención en el caño. Yo sé que el miedo me hace invisible.

6:30 a.m. Mientras desayuno en la soda del kinder, La Nación pretende que yo crea que después de un bombardeo que dejó cráteres en la tierra y arrasó con la naturaleza y evaporó el resto, se recuperó una laptop. Intacta. Que además tenía conexión seguro satelital desde la selva a Internet. De Movistar, encima, que es lo único que debe haber en esa zona. En la madrugada del lunes, 3 indigentes se metieron a robar a la soda. Un equipo de sonido, una maceta , un jugo y un minipie de fresa. Nosotros los vimos infraganti., No hubo policía. No hubo patrulla. Nosotros no hicimos nada. Un lunes, a las 3:00 am, el cansancio te vacuna contra la estupidez.

10:42 Avenida 7, cerca de la antigua escuela Mauro Fernández. Hay 6 indigentes recostados a la pared, tomando, idos, dormidos, riendo. De repente uno de ellos se levanta y se abalanza contra un señor pequeño, moreno, aindiado, de brazos muy fuertes. El atacado le da un golpe en la cara que resuena a través de mis ventanas cerradas. El golpeado va a dar a mi ventana. La llena de sangre, se recupera rápidamente y aprovecha la oportunidad. Me toca el vidrio con la mano extendida. Yo me salto el semáforo.

11:50 Colegio de X Profesionales. Llevo 45 minutos esperando una certificación de dos línea. De pie. Ni siquiera tienen excusas. El guarda se enoja porque le pido que venga al lado del chofer al recoger la insignia “Mis vidrios no son eléctricos” me disculpo. Supongo que la rutina les extirpó sentimientos como la compasión y la cortesía.,

2:30 pm Delegación policial de Pavas. Cubro a un abogado maricón que le dan miedo las cosas penales. Otro abogado, más maricón todavía, el de la contraparte, más alto y mucho más fuerte que yo, me echa el cuerpo encima, me empuja y casi me bota al piso. Le pregunto que dónde dejó los modales y le digo, viéndolo a la cara, que hay que ser demasiado maricón para golpear a una mujer por un tema de brete. El cansancio me pone valiente. La cosa penal inició porque un cliente ingresó a la fuerza con 9 matones a una oficina, se llevó documentos y máquinas y golpearon a un señor inválido de 80 años. Esos, los matones, eran los que yo defendía, así, de sustituta y emergencia.

5:45 pm. Un cliente que odio, ya con instinto feroz, me llama por vez número quince. Me salgo de la reunión y le pido que me explique, porque estoy segura que debe ser urgente. Me exige cuentas de dónde ando y porqué no contesto. Le digo que yo sería feliz trabajando solo para ellos, pero que hay otros clientes, igual de importantes, que merecen atención y que en ocho años, nunca les he fallado a ellos, a los del gerente necio, en cosas importantes. El cansancio, además de valiente, me pone bocona.

7:00 pm Me arremete la presa, el celular que no para de sonar y no tiene manos libres, el nuevo sistema de marcación que no considera a nosotros los disléxicos, la distancia, el niño sucio y con ojos de infierno que me pide dinero en una esquina, la viejita que siempre veo cosiendo sola vestiditos de Barbie.
Renuncie, señor Ministro, señor Alcalde. Tengan vergüenza. Tanta violencia en un día, en una sola persona, no es casualidad ni estadística. Es exceso de frecuencia, cotidianeidad.

We live interesting times, indeed. La decadencia propia de ese momento, justo antes de que se desmoronan imperios.



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