Mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las anchas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

junio 08, 2007

Caupolicán (o "para tí, Mati")

Nota de Sole: Hace dos años, por estas alamedas apareció el Tugo. Antes de verlo en carne en hueso, escribió en un papelito que yo era "una amiga sin serlo". En ese tiempo, Tugo ya tenía a su lucecita y el 16 de mayo pasado, llegó Mati, "el toro de mayo". Tugo me invitó a subir en su tren al sur y compartió conmigo su familia y sus historias. Esta es una de ellas y no se me olvida el día que Tugo me contó lo que le contaba su papá y su deseo de que sus hijos algún día escucharan la misma historia. Para Tugo, su lucecita y el Mati, este regalito de bienvenida.


"A veces, mi padre me contaba algo parecido a un cuento. No había caballeros ni dragones ni princesas con trenzas de oro encerradas en sus castillos. Mi padre me hablaba de hombres, como nosotros, con la piel y los ojos morenos. Me hablaba de Caupolicán, por ejemplo. Deja que te cuente lo que me contaba mi padre.

Caupolicán nació en el sur de Chile, de verde, de frío y de lluvia, cuando el pueblo mapuche ya se defendía a sangre y muerte de la conquista española. Nada de sabe de su infancia, ni siquiera el año de su nacimiento. Se le nombra por primera vez en la última batalla de Lautaro, en los albores de la resistencia araucana. Caupolicán se hizo hombre a su lado.

No sé cuál de los dos, si Lautaro o Caupolicán fue más grande. Lautaro fue capturado muy joven por los españoles y educado para sirviente. Cuando finalmente logró huir y regresar con su gente, les enseñó a montar a caballo, a manejar el arcabuz y el mosquete, a perderle el miedo al blanco. Lautaro detuvo el río de sangre que la espada y el crucifijo habían cavado desde la Tenochtiltán destruida hasta el mar de lágrimas de los caídos de Cuzco. Lautaro juró que los araucanos jamás serían esclavos y le mostró a Caupolicán el camino. Lautaro murió de la única forma en la que mueren los hombres valientes en Chile: traicionados.

Entonces los caciques se reunieron para escoger un sucesor. Durante tres días y sus noches, Caupolicán cargó sobre sus hombros el tronco más pesado, sin quejas y sin descanso. Por su fuerza y su empeño fue elegido como el nuevo toqui.

Los pueblos mapuches, dispersos por el sur, fueron uno con él. Caupolicán los lideró en la utopía de la victoria araucana, en el sueño de echar a los españoles al mar. Al mando del toqui, se invirtieron los papeles y los hijos de España fueron entonces los perseguidos y capturados. En Millarapue, Tucapel, Cañete y Villagrán contemplaron como ardían sus casas y sus siembros. Los mapuches celebraron con chicha y bailes sobre las ruinas de Concepción, dos veces arrasada, mientras veían alejarse la columna llorosa y harapienta de los españoles que huían a Santiago.

Caupolicán cabalgaba en las pesadillas de los conquistadores, en su asombro, en el tremor del aire que presagiaba el ataque, en el reconocimiento incrédulo de estos indios están endemoniados y nadie puede con ellos, en la convicción de que en cualquier lucha que se sabe verdadera o se triunfa o se muere. En las noches de luna, montado en el caballo blanco de Lautaro, Caupolicán recorría a todo galope los campamentos españoles, con los calzones de Pedro de Valdivia en la punta de su lanza. Sus palabras potentes atravesaban la noche: Yo maté a Valdivia. ¡YO! ¡Con estas manos, lo maté!”

En Cañete, Andresillo le había vendido hacía ya mucho tiempo el alma al diablo, cuando aceptó el nombre castizo, el desprecio, el puesto de siervo y el bautizo. Soñaba con ser español y blanco sin pensar en los imposibles. Pudo ser el mejor de los espías mapuches. Pero aquella noche, escogió traicionar a su pueblo y reveló, como un cobarde, el escondite del toqui.

Los españoles alardearon diciendo que Caupolicán había sido capturado en medio de una orgía con borrachera, que a cambio de su libertad ofreció la ropa de Valdivia, que se llegó a hincar ante el dios de los curas y que juró fidelidad a los reyes de España. Nadie lo creyó. “Ese salvaje no se entrega”, “El gran toqui se mata antes de rendirse”. Y empezaron a correr rumores de que su captura era falsa, que por las noches, en los bosques de alerce y araucarias, aun se escuchaba el galope certero del caballo de Lautaro y en el ulular del viento, los gritos de guerra de Caupolicán mientras perseguía a la estrella wueñelfe.

Tanto daño a la corona de España no podía pasar sin castigo y Caupolicán fue sentenciado a morir en la pica. Para convencer incrédulos, el día de su muerte lo pasearon alto, recio, impasible y en silencio por las calles, encadenado como un animal. En alguna de las cuadras, una mujer enfurecida les salió al paso, deteniendo el cortejo. A los pies de Caupolicán lanzó con rabia el niño que llevaba en los brazos: “No seré yo la madre del hijo de un maricón”.

O, tal vez, al verlo pasar, en su desesperación y su dolor por el toqui que se dejó capturar vivo, corrió hasta un peñasco y desde allá lanzó a su hijo. Que Caupolicán, antes de morir, viera caer al niño. Que muriera tranquilo, que supiera que su hijo jamás sería ni cristiano ni siervo.

En la plaza de armas, Caupolicán subió las escaleras hasta la punta de la pica sin flaquear ni un momento. Amarrado como estaba, de una patada empujó lejos al verdugo y se sentó con fuerza sobre el palo que le atravesó las entrañas. Murió con los ojos abiertos, fijos en los cobardes que lo asesinaron, sin darles el gusto de verlo derrotado, ni siquiera por el sufrimiento.

La lucha del toqui la siguieron muchos. Por más de 300 años, la Araucanía, desde el río Bío Bío hasta la tierra de los Onas, no tuvo ni dios ni amo.

Mi padre nació en una oficina salitrera del norte, muy lejos del sur del que te cuento. No sé quién le habrá hablado por primera vez del toqui. Tal vez fue mi abuelo o tal vez se lo escuchó a los obreros al salitre alrededor del fuego. Tal vez fue en el colegio.

En la noche más larga de Chile, cuando la fuerza se impuso a la razón y se fusilaron los sueños, y desapareció la esperanza, mientras bombardeaban La Moneda y el compañero presidente prometía que el sacrificio no sería en vano; en el Estadio de Antofagasta del que nunca me habla, mi padre fue Caupolicán.

Por ti Matías, yo seré mil Caupolicanes."

Otra nota: Apenas a You tube le de la gana, subo el video del Mati, para que tengan el gusto.

4 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Ni se que decir, regalo a toda la familia, homenaje al padre, mis sentimientos en papel... te pasaste! Gracias. Tugo

9:42 a. m.

 
Blogger Maria said...

Que hermoso relato, lleno de coraje y valentía.

7:17 p. m.

 
Blogger Dean CóRnito said...

Hermosísimo relato, pero sobre todo: Mil felicidades, Tugo! Un gran abrazo.

6:52 p. m.

 
Blogger Tadaki-30 said...

De lo más lindo que he leido, esas tristes pero hermosas historias, las que solian contar los abuelos en la noches de luna.......siento nostalgia de mi guanacaste de la infancia.

Tugo no se quien eres pero te felicito son estos relatos los que no tienen que morir en los recuerdos, deben sobrevivirnos

11:55 a. m.

 

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